Historias de dragones

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A partir de 9-10 años. Hoy tenemos una recomendación para los amantes de los dragones: HISTORIAS DE DRAGONES (1899), de la escritora inglesa E. Nesbit. Los hay de todos los tamaños, edades, colores y temperamentos, como sabe todo buen ciudadano de la fantasía.

En Historias de dragones, E. Nesbit reúne un total de historias centradas en este magnífico animal mitológico. En «El dragón del mar de caramelo», la ofrenda de un rey al dragón hace que en Plurimiregia esté vacante siempre este puesto, hasta que Billy acepta el trabajo. En «El dragón y la mantícora», aunque es rey, a Leonardo la lectura de un libro prohibido le traerá más de un susto. En «El dragón domesticado», domesticar un dragón no es suficiente, hay que ser astuto con un alcalde avaricioso. En «El dragón de fuego», si hay un dragón de por medio, hasta un porquero puede casarse con una princesa. En «El dragón morado», que en Rotundia las cosas sean al revés se debe a un giro de rotación invertido; sólo la hazaña para rescatar a la princesa del dragón trastocó el orden anterior. En «El dragón de hielo», no le conviene a un dragón del Polo Norte acercarse a una hoguera. En «La isla de los nueve remolinos», la astucia y el cálculo pueden romper un encantamiento. En «Edmundo y el basilisco», no hay manera de que los mayores crean a los pequeños, aunque éstos hayan salvado a toda una ciudad de un dragón. En «La invasión de dragones», sólo con el cambio climatológico se puede acabar con una plaga de dragones. Finalmente, en «El último dragón», aunque nos hemos empeñado en que los dragones son terribles, en realidad lo único que necesitan es un poco de cariño…

De entre todos los cuentos que Edith Nesbit escribió para niños, destacan estas curiosas Historias de dragones porque, sin olvidar los elementos característicos del cuento tradicional, las sazona y enriquece con ingredientes propios, como toques de humor, pequeñas ironías, descripciones joviales o metáforas muy cercanas por su cotidianidad. A veces la recreación es tal, que sólo nos parece posible en un mundo industrializado, ávido de técnica e inventos. ¿Qué decir, si no, de ese dragoncito, desplazado e infeliz, cuya bebida favorita es el petróleo y que, siendo el último representante de una raza a punto de extinguirse, sólo alcanza la felicidad al convertirse en el primer avión? Estas historias transmiten lecciones valiosas, como el valor del ingenio sobre la fuerza bruta, pues los protagonistas jóvenes o adolescentes resuelven los problemas y situaciones usando su inteligencia, no mediante la fuerza o la violencia; además, los personajes aprenden las consecuencias de sus acciones. Por otra parte, a menudo la solución del problema implica entender y ayudar al «enemigo» (en este caso, los dragones), fomentando la empatía y la compasión. En fin, estas historias estimulan la imaginación y la creatividad de los lectores, así como su pensamiento fantástico y su capacidad de visualizar mundos imaginarios, con un lenguaje claro y directo, con un tono ligero y divertido, incluso en situaciones peligrosas, así como apelaciones al lector propias de la narración oral.

Edith Nesbit nació en Londres, el 15 de agosto de 1858. La menor de seis hermanos, creció en el campo, donde su padre dirigía la primera escuela para agricultores. Él murió cuando Edith tenía cuatro años, dejando a la familia en la pobreza. A través de sus libros, ella siempre quiso recuperarlo, por eso repite tanto en ellos el esquema de la familia que tiene que lidiar con la pobreza y una muerte inesperada. Posteriormente, la enfermedad de su hermana mayor (sufría de tisis) llevó a la familia por Francia, España y Alemania, antes de instalarse en Halstead Hall, en Kent, lugar que le inspiró el escenario de Los chicos del ferrocarril. Se cuenta que en Francia tuvo su primer encuentro con el terror: fue a visitar un museo de momias y terminó en una catacumba, rodeada de doscientos cadáveres con la piel colgando. Edith sintió miedo a la oscuridad hasta que tuvo sus propios hijos.

A los dieciocho años, Nesbit conoció al empleado de Banca Hubert Bland. Embarazada de siete meses, se casan en 1880, aunque no se iría inmediatamente a vivir con él: Bland prefirió seguir aprovechando las comodidades que le ofrecía la casa de su madre, dejando que su mujer se las apañara sola. El matrimonio fue un desastre desde el primer momento. Como la madre de Los chicos del ferrocarril, Nesbit tuvo que sacar adelante a sus hijos vendiendo poemas e historias a editores reticentes. Junto a Hubert, Edith fundó la Sociedad Fabiana, movimiento británico cuyo propósito era avanzar en la aplicación de los principios del socialismo y de la que formaron parte, entre otros, escritores como George Bernard Shaw o H. G. Wells. Poco después, cuando esperaba su segundo hijo, su marido enfermó y su socio lo estafó. De nuevo Edith tuvo que recurrir a todo lo que sabía hacer para mantener la casa: pintaba tarjetas de Navidad, recitaba y seguía escribiendo. Fue entonces cuando su editor la convenció de que, debido a los prejuicios de la época, nadie iba a leer aventuras escritas por una mujer, y decidió quedar en la historia de la literatura como E. Nesbit.

La vida de E. Nesbit fue una pura contradicción, una lucha entre el deseo de ser una bohemia y la rectitud victoriana de la época. Lo más curioso es que su visión de la mujer era increíblemente tradicional. Nunca apoyó el sufragio femenino y su marido defendía continuamente en los periódicos la necesidad de que la mujer estuviera en su lugar (incluso cuando la suya continuaba siendo la que traía el pan a casa). Además de todo esto, la relación con sus propios hijos distaba mucho de ser la relación cercana que aparece en Los chicos del ferrocarril. Así, por ejemplo, su segundo hijo, Fabian (llamado así por la Sociedad), murió en casa de una operación de amígdalas porque nadie se molestó en advertirle de que no podía comer antes de la anestesia.

E. Nesbit en su estudio (1903)

Hubert Bland falleció el 14 de april de 1914. El 20 de febrero de 1917, unos tres años después de la muerte de su primer marido, Nesbit se casó con Thomas «el Patrón» Tucker en Woolwich, donde él era capitán del transbordador de Woolwich. Hacia el final de su vida, Nesbit se trasladó primero a Crowlink, y después con el capitán a dos propiedades contiguas que eran edificios del Real Cuerpo Aéreo, ‘Jolly Boat’ y ‘Long Boat’. Nesbit vivió en ‘Jolly Boat’ y el capitán en ‘Long Boat’. Allí murió Nesbit en 1924, probablemente de cáncer de pulmón, pues parece ser que fumaba sin cesar.

Aunque E. Nesbit es principalmente conocida por sus libros para niños, también escribió terror, romance, poesía, propaganda socialista, obras de teatro y reseñas. Sus obras infantiles están llenas de humor y con un estilo innovador que, en ocasiones, desarrolla las aventuras de los protagonistas en una realidad cotidiana con elementos mágicos. Entre ellas citaremos Los buscadores de tesoros (1899), Cinco niños y esto (1902), La ciudad mágica (1920), Historias de dragones (1899), El castillo encantado (1907) o Los chicos del ferrocarril (1906). Sobre Nesbit, J. K. Rowling dice: «La autora con la que más me identifico es E. Nesbit. Es fabulosa, hizo geniales y graciosas historias de fantasía. Sus niños son muy reales y fue totalmente innovadora en su tiempo.» Y Diana Wynne Jones, autora de El castillo ambulante, comenta: «¿Qué libros leía cuando era niña? Pocos. Una vez encontré uno de E. Nesbit en una biblioteca y ya nunca dejé de buscarlos por todas partes…» Gore Vidal, en The New York Times Review, afirma: «Junto a Lewis Carroll, E. Nesbit es la mejor de los fabulistas ingleses que han escrito sobre los niños (para niños y para adultos), y como Carroll fue capaz de crear un mundo mágico enteramente propio.» Por último, el mismísimo C. S. Lewis reconoce lo siguiente: «En cuanto a mis libros para niños, los empecé en la tradición de E. Nesbit. Sin su The Aunt and Amabel no hubiera empezado con las tierras de Narnia.»

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