El príncipe feliz y otros cuentos

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A partir de 10 años. Hoy recomendamos el primer volumen de relatos del autor irlandés Oscar Wilde: EL PRÍNCIPE FELIZ Y OTROS CUENTOS (1888). La fantasía, la belleza, la generosidad, el sacrificio y la ternura impregnan estas páginas y las hace inolvidables a cualquier edad.

La historia de «El príncipe feliz» comienza con la imponente estatua del Príncipe Feliz, que se alza sobre la ciudad, adornada con oro y piedras preciosas. Desde su altura, observa la miseria de sus habitantes y llora por ellos. Una pequeña golondrina, retrasada en su migración, se refugia bajo la estatua y descubre su tristeza. Conmovida, decide ayudar al Príncipe en su deseo de aliviar el sufrimiento de los más necesitados, iniciando una conmovedora historia de generosidad y sacrificio…

En esta obra acompañan al relato «El príncipe feliz» otras cuatro célebres y hermosas historias: «El ruiseñor y la rosa», «El gigante egoísta», «El amigo fiel» y «El cohete ilustre». Aunque Wilde escribe con elegancia y recursos literarios sofisticados, el vocabulario y la estructura narrativa son claros y comprensibles. Cada cuento contiene lecciones sobre valores universales: generosidad, sacrificio, amistad, compasión y el rechazo al egoísmo. Y estos relatos no son moralizantes sino que los valores emergen naturalmente de las historias. Por otro lado, los elementos mágicos y simbólicos (estatuas que hablan, ruiseñores que aman, gigantes solitarios) capturan la imaginación de los jóvenes lectores sin ser simplistas. Algunos pasajes tienen un tono melancólico o triste, que puede causar cierta sensibilidad emocional, pero es una oportunidad valiosa para discutir sentimientos profundos en familia. Wilde, además, critica sutilmente la superficialidad, la apatía social y el egoísmo.

Los relatos de Wilde recuerdan a los cuentos de Hans Christian Andersen y de E. T. A. Hoffmann, relatos en los que el arte se pone al servicio de la moraleja. Oscar Wilde, con su ingenio, nos invita a reflexionar sobre la cultura, la de la sociedad de su tiempo y la del nuestro, por supuesto. Sus cuentos son muy variados. Algunos podrían contarse a los niños antes de irse a la cama, seguro que dormirían felices, por su delicadeza, por la ternura de sus personajes, por su sencillez. Otras historias están impregnadas de su espíritu burlón. Pero todos ellos son sagaces e inspiradores. El autor mira con inmensa ternura a sus personajes más indefensos, casi siempre olvidados por los poderosos, que ni siquiera se dan cuenta de sus desdichas. Nos hace ver la gloria de los pequeños sacrificios, aunque a veces resulten inútiles: la hermosura de la rosa es muestra más que suficiente del inmenso valor de un ruiseñor. Quien no sabe verla, ¿no es acaso digno de lástima? La belleza, el arte, tan necesarios precisamente por ser tan inútiles. Wilde suscribiría que el arte ha de ser cultivado por el mismo arte, y ello, unido a sus particulares circunstancias vitales, le lleva a adoptar en algunos momentos un cierto tono decadente, próximo a los renovadores de la poesía de su época.

Oscar Wilde nació en Dublín el 16 de octubre de 1854, en el seno de una peculiar familia burguesa. Su casa fue la primera escuela de arte antes de sus estudios en la Portora Royal School, en el Trinity College de Dublín y, finalmente, en Oxford. Una formación completa y una personalidad singular crearon a su alrededor una temprana reputación artística. Novelista, poeta, crítico literario y autor teatral de origen irlandés, gran exponente del esteticismo, Oscar Wilde conoció el éxito desde sus comienzos gracias al ingenio punzante y epigramático que derrochó en sus obras, dedicadas casi siempre a fustigar a sus contemporáneos. Defensor del arte por el arte, sus relatos repletos de diálogos vivos y cargados de ironía provocaron feroces críticas de los sectores conservadores.

En 1881, publica un libro de Poemas; en 1888, El príncipe feliz y otros cuentos; en 1891, El crimen de Lord Arthur Savile y otras historias; y en 1892 Una casa de granadas. Obtuvo un gran éxito como dramaturgo, con obras llenas de ironía, como La importancia de llamarse Ernesto (1895). Sin embargo, su única novela, El retrato de Dorian Gray (1891), le atrajo severas críticas por parte de los sectores puritanos. Su relación homosexual con lord Alfred Douglas, y una demanda que este interpuso, le acarrearon dos años de prisión. Allí escribió De profundis (1905), una larga carta sobre su viaje espiritual. Cuando salió de la cárcel, cambió de nombre y emigró a París, donde escribió su último libro, Balada de la cárcel de Reading (1898), y donde vivió hasta su muerte.

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